12/22/2009

Sobre nuestro Himno Nacional

Publicamos este escrito de Eduardo Lemaitre (publicado en El Tiempo de 1982), para información de los cybernautas.

Sobre nuestro Himno Nacional

"...El fracaso, en cuanto al Himno Nacional se refiere, del gran concurso nacional abierto por el Presidente Núñez en 1881, dejó, pues, como vimos en mi nota anterior, a Colombia huérfana nuevamente de este símbolo patrio. Yo no quiero creer, ni puedo admitir, que el talento nacional fuera por aquellas calendas incapaz de producir la obra que reuniese a la vez la calidad estética y la nobleza y altura patrióticas suficientes para merecer el alto honor de ser escogida como letra para nuestro himno.

Con solo mencionar el hombre de cualquiera de los grandes vates de aquella época dorada de nuestra literatura, llámense Rafael Ponbo, Jorge Isaacs, José Asunción Silva, Diego Fallon, Miguel Antonio Caro, basta ya saber que cualquiera de estos habría podido producir unpoema patriótico tan inspirado o incluso mucho mejor que el que Núñez había engendrado años atrás; pero a veces, las cosas que pasan en este mundo parecen desprovistas de lógica y lo cierto es que salvo don Rafael Pombo, que en alguna ocasión anterior lo intentó, a ninguno de esos altísimos poetas se le ocurrió en aquella ocasión presentar composición alguna a la consideración del juado que aspirase a tan insigne honor y lo más probable es que la mayoría, sino la totalidad de las que se presentaron al concurso de 1881, fuera de una gran mediocridad y que en esa circunstancia radicara el hecho de que ese certamen muriera sin dar el fruto deseado.

Asi hasta 1887, cuando le llegó su hora al himno patriótico del propio señor Núñez. En lo que no debió de ayudar poco la circunstancia de ser el autor, en ese momento, Presidente de la República. El historiador Nicolás del Castillo Mathieu, que fue el descubridor de la primitiva canción patriótica y el hermano Justo Ramón, que es quien a mi juicio ha rastreado más profundamente y con autoridad indiscutible, toda esta curiosa historia en un ensayo titulado "En torno a nuestro Himno Nacional", nos cuentan que para celebrar en 1887 la proclamación absoluta de la Independencia de Cartagena con un acto patriótico, a don José Domingo Torres, simpático bogotano aficional a representaciones teatrales, cuadros plásticos, arreglos de pesebres y altares de Corpus, se le ocurrió la idea de sorprender al Presidente Núñez y a su señora doña Soledad Román, con la ejecución de un himno que llevase letra de don Rafael y la letra de ese himno la tenía él pegada en su voluminoso álbum de recortes, Pero carecía de nota y en busca de ella acudió el señor Torres al reputado maestro Oreste Sindici, un tenor italiano que se había quedado en Bogotá después del naufragio de sucompañía operática en nuestra capital, y en donde fundó hogar y vivía a salto de mata como profesor de canto y solfeo en escuelas públicas y privadas. Y Sindici, en poco tiempo, cumplió su cometido.

Así nació, sin muchas pretensiones, el que muchos años después sería oficialmente reconocido como Himno Nacional de Colombia. El estreno tuvo lugar en el teatro "Variedades", local escolar acondicionado para actos públicos, en la noche del 11 de noviembre de 1887, y el público recibió la canción con tan ruidoso entusiasmo, que conmovió a todos, a Sindici, al coro y a la orquesta. Y en actos más sencillos fue cantado ese mismo día por las alumnas de las escuelas públicas del barrio de La Catedral, preparadas por el mismo Sindici.

Noticiado de aquellos actos -sigue diciendo el hermano Justo Ramón- quiso Núñez escuchar la canción en el Palacio de San Carlos. Para tal efecto preparó el músico italiano su ejecución con orquesta y numeroso grupo de actores, de suerte que la nueva representación tuvo el más envidiable éxito con calurosos parabienes para los autores. Y más tarde, con el nombre de "Himno Nacional" figuró en una audición que se celebró en el salón de grados, el día 6 de diciembre subsiguiente.

La pregunta salta aquí a los picos de la pluma ¿Fue todo aquello realmente una sorpresa para el Presidente, como dice el Hermano Justo Ramón o influyó Núñez de alguna manera sobre el acucioso señor Torres para que se tomara el trabajo de desenterrar su antiguo himno patriótico y llevárselo al italiano Sindici, convencerlo de que le pusiera música y armar más tarde todo el tinglado del estreno en el teatro Variedades y de la serenata sorpresiva a la familia presidencial, etc? Todo esto es probable. Basta conocer el corazón humano, para admitir la posibilidad de que Núñez, que acaba de salir triunfante de una guerra civil y se hallaba en el cenit de su gloria, cayera en la tentación de aprovecharse de las influencias que irradia el poder para poner a funcionar de trasmano al obsecuente don Domingo Torres y armar por intermedio de este toda la tramoya del himno y de su sorpresiva aparición; a mí personalmente esta teoría me seduce, porque me parece muy humana y hasta divertida.

Pero habrá también que admitir que si este fue un pecado de Núñez, lo fue en el sentido noble, si nobleza puede caber en un pecado, y que condenar también al regenerador por esta falta y mandarlo por ello a que se fría en la séptima paila del infierno, es una injusticia y tal vez también una ingratitud. Lo grave habría sido que Núñez no hubiera intentado darles a otros, como lo hizo, pero en vano, la oportunidad de prestarle ese servicio al país; o que se hubiera lucrado en alguna forma por haberlo prestado él mismo, con los instrumentos literarios modestos de que Dios lo dotó.

Pero dejemoseso así y digamos que la patriótica canción cobró de allí en adelante popularidad no imaginada por sus autores, ni por su promotor el señor Torres. Las ediciones que de él se hicieron aparecieron ya, en forma ciertamente ausiva, con el título de Himno Nacional de Colombia, sin que se hubiera producido medida oficial alguna que lo autorizara y así siguió la canción volando con buen viento y pasando de boca en boca hasta que, 33 años más tarde, tuvo consagración oficial, cuando fue adoptada como uno de los símbolos de la patria, por medio de la ley 33 de 1920, aprobada unánimemente en el Congreso por conservadores y liberales y, entre estos últimos, por los ponentes del proyecto, los doctores Max Grillo y Luis Zea Uribe, de la más pura estirpe radical.

Hasta ahora, que yo sepa, son pocas o ningunas críticas que se han hecho a la música de nuestro Himno Nacional. Sin embargo, siempre he tenido para mí que esta composición musical, con ser bella y marcial, tiene dos defectos notables. Uno, que es demasiado, pero demasiado italiana y, por ende, muy poco o nada en absoluto criolla. Mejor que para himno de Colombia, su melodía habría podido servir para el de cualquier nación latina, europea o para la última escena triunfal de alguna ópera de la época. Y otro defecto consiste en que Sindici, al fin italiano, romano y nada menos que tenor, se dejó llevar de la inspiración hasta sobresalir en su melodía con algunas notas "encima de la pauta" y con dos o tres "en la garganta" como se dice en las convenciones del solfeo y el resultado es que no todas las voces alcanzan con facilidad aquellas alturas, sobre todo cuando el tono utilizado para la ejecución es muy elevado y como consecuencia, en ciertos momentos, hay una desafinación casi total y además no pocos "gallos".

Hay algunos puntos particularmente críticos, que me hacen siempre temblar. el primero es cuando el coro se interna en aquello de "el bien germina ya", que por fortuna tiene una repetición en sentido descendente, que le hace venir a uno el alma al cuerpo; pero luego las cosas se complican en la primera estrofa, cuando ya va clareando por el horizonte "la invencible luz", porque allí es como si comenzáramos a subir una cuesta, que empieza con aquel "comprende" donde hay que "poner primeras" como los automovilistas, para poder llegar hasta el alto de las palabras; porque si así no lo hacemos, aquel "del que murió en la cruz" crucifica a la audiencia y se convierte en una verdadera catástrofe. Ahora, si todo sale bien, el efecto es estupendo.

Por desgracia, yo no veo cómo esta dificultad práctica pueda ser corregida mediante una operación, aunque sea pequeña y por mano de un gran cirujano musical, sin notable desperfecto estilístico para la línea melódica y quizás hata irreparable desfiguración de la obra, como pretendió hacerlo abusivamente la cansonetista Claudia de Colombia hace algún tiempo, en Miamim, durante una exhibición boxística en la que participaba un púgil nacional.

Otra cosa es ya la letra del Himno. De ella se ha dicho que es muy larga; que es incomprensible; que es de mal gusto y que poéticamente no vale nada. Pero lo peor de todo, lo que constituye su máximo defecto, y lo únoco que no se ha observado hasta ahora, es que no casa exactamente con la música, o sea que los acentos melódicos de la canción, lo que obliga al cantante a duplicar las vocales de ciertas s+ílabs y a disolver algunos diptongos mediante el antipático recurso de la diéresis. Esto estropea notablemente el conjunto y por esta razón algunos muchachos de mi escuela llamábamos confusamente al himno "la canción del ooglo".

Pero todo esto es, obviamente, el resultado de la forma como la obra fue, no diré gestada, sino ensamblada para usar un neologismo de moda. Si los autores Núñez y Sindici se hubiesen puesto de acuerdo y en largas y gratas veladas, entre el humo de buenas calillas de Ambalema, hubieran, de común acuerdo, dado a luz el fruto de su combinada inspiración, con toda seguridad éste habría salido mejor sazonado y no habría habido que forzar la vocalización de la letra para hacerla coincidir con la música. Es lo que se habría podido lograr si, por ejemplo, en vez de decir Oh gloria inmarcesible, oh jubilo inmortal, se hubiera escrito algo así como "de la patria cantemos la gloria, que entre surcos dolientes nació". Inténtelo el lector para que vea que le sale muy bien y la idea es sensiblemente la misma. Pero ya sabemos cómo ocurrieron las cosas y que don Rafael fue el primer sorprendido cuando presentaron a su propia criatura en aquella preciosa pero extraña canastilla melódica ¿cómo repudiarla?

Se dice, corrientemente, que nuestro Himno Nacional es obra del doctor Rafel Núñez, pero esto no es sino parcialmente cierto; pues en realidad, cuando se trata de este tipode obras, es la música lo que más cuenta, lo que se retiene más fácilmente en la memoria, lo que más emociona, lo que espontánea e instantáneamente inspira sentimientos patrióticos. La letra es algo secundario e inclusive teóricamente podría suprimirse del todo.

De modo que, a derechas, resulta que el Himno Nacional de Colombia es obra principalísima, no de Núñez, sino del músico italiano Oreste Sindici. Y debería ser en esa dirección hacia donde la crítica, buena o mala, se dirigiera; pero no ha sido así y el pobre Sindici ha tenido que cargar, de pasada, con el fardo de la animosidad que su compañero de aventuras ha despertado a través de un siglo en el corazón ingrato de muchos colombianos. Algo más, el pobre don Oreste casi que ni siquiera es considerado, ni reverenciado, como debería serlo, por habernos dado una canción patriótica tan hermosa. Y ya vemos cómo este año de1987, cuando se cumple un siglo de haber compuesto esa obra que hace estremecer a los colombianos cada vez que la eschchan ymás aún cuando están en el exterior, no habrá ni siquiera una ofrenda floral en sumemoria, ni tal vez una fotografía en su tumbra en la prensa, ni un reportaje en los telenoticieros con alguno de sus descendientes, si es que existen, que de esto yo no tengo noticia.

Pero no nos preocupemos mucho por eso, porque el himno está ahí y bueno o malo, bonito o feo, con homenaje a sus compositores o sin él, sus críticos no lo van a poder cambiar fácilmente y se lo tendrán que chupar por muchos años más, o por lo menos hasta que sea sustituído por las notas y los gritos de la "Internacional", que es lo que se oye ya retumbar en la lejanía.

Una muestra clarísima de esa indiferencia, por decir lo menos, de los colombianos hacia Oreste Sindici, vemos en las escasas noticias que sobre su personalidad, su mérito, sus antecedentes, se han conservado para la posteridad. De lo que fue su llegada, permanencia obra y muerte en Colombia, algo se sabe; pero de su origen familiar, de sus estudios y de su carrera artística en Italia, muy poco es lo que se conoce, o por lo menos yo lo ignoro. Y miren ustedes que por nuestras embajadas en el Quirinal y en el Vaticano ha pasado, durante unsiglo, toda una teoría de letrados y políticos, sin que ninguno de ellos haya tenido la curiosidad de investigar algo sobre el particular.

En cuanto a su vida en Colombia, la noticia que yo tengo es que llegó a nuestra patria en 1864, como tenor e integrante de una compañia de óperas encabezada por el barítono Egisto Petrelli. Las visitas de las compañias operáticas a nuestro país eran en esa época bastante prolongadas, porque no iba a ser por una o dos semanas solamente como toda una comparsa de música, con su equipaje y su balumba, se atrevería a atravesar el gran charco y a remontar el Magdalena, entre caimanes y mosquitos; sino que una vez llegadas a Cartgagena o Barranquilla o ya encaramadas en la cordillera, allí acampaban durante meses enteros, haciendo las delicias de nuestra sociedad, con la que llegaban a integrarse totalmente hasta el punto de que muchos de los componentes de la "trouppe" se quedaban luego entre nosotros y algunos hasta se casaban con colombianas.

Tal fue el caso de Sindici, qyuien a sus dotes artísticas unía una figura apuesta y atractiva (era rubio y no tenía sino ventiocho años), por lo que no es de extrañar que pronto hubiera hecho amistades con familias notables de la capital y que de allí saliera su matrimonio con la encantadora señorita Justina Jounnaut, hija de un acomodado comerciante francés establecido por entonces en Bogotá.

Justina era también cantante y alrededor del "Jeune menage" se formó un núcleo de espirituales contertulios. Luego a Sindici, que ya se le había naturalizado como colombiano, le tentó la idea de hacer fortuna en su nueva patria y por eso decidió retirarse de la compañía operáticapara establecerse en una hacienda que adquirió en la población de Nilo, en Cundinamarca, donde se dedicó al cultivo de la quina; pero sobrevino la crisis de la salutífera corteza y allí terminaron no solo la carrera de Sindici como agricultor, sino la dote de la pobre Justina, que aquél había invertido en su quimérica aventura.

Comenzó entonces el calvario de los artistas europeos trasladados al trópico. El estado soberano de Cundinamarca se apiadó de él y lo nombró profesor de canto en las escuelas públicas; el arzobispo Arbeláez lo ayudó también llevándolo como profesor al seminario y con esas dos modestas cátedras continuó tirando de la carreta de la vida.

Su hijo Oreste murió en la guerra de los mil días y ya en su ancianidad, la familia del gran músico vivía, o más bien, sobrevivía, gracias a la habilidad que sus hijas Emilia y Eugenia tenían par fabricar tallarines y macarrones: destino inevitable de todo italiano varado.

Sindici murió en 1904, pero hasta ahora, 83 años más tarde, todavía la Nación lo le ha rendido el homenaje que se merece este colombiano de corazón, de cuyo numen salieron esas notas vibrantes que nos conmueven a todos cada vez que las escuchamos.

Otro defecto, si así puede llamársele, de nuestro himno es el de su extensión. Un coro y once octavillas heptasílabas qure, en realidad, son alejandrinos partidos en dos por la censura de los hemistiquios, parecen excesivos para una canción destinada a ser ejecutada durante breves ceremonias. Como asntes tengo dicho, pienso que con las dos estrofas orifinales que aparecieron en la primitiva canción patriótica al once de noviembre de Núñez, compuesta en 1850, habría sido suficiente. Pero más seguro es que al escribir su nueva composición, y a más de seguir el gusto de la época por las poesías kilométricas, Núñez la hubiera "pensado" no ya como letra para una canción popular, sino como un breve poema épico. Y en ese caso era apenas lógico que el poeta, poseído de júbilo, hubiera querido hacer un repaso completo de la epopeya libertadora, de sus episodios más sobresalientes y sobre todo, del espíritu o filosofía que fue causa de aquel histórico acontecimiento.

Esa filosofía, impregnada del espíritu "del que murió en la cruz", está expresada en las estrofas primera y segunda, donde se sienta el principio democrático de que el rey yua no es el soberado y se manifiesta el gozo por la independencia, ya profetizada por Nariño, cuya defensa "inundó en sangre de héroes la tierra de Colón". Y lo está asimismo en las últimas estrofas. All´se deja sentado que "no es gloria completa vencer en la batalla" sino cuando "al combatiente lo anima la verdad". Allí se identifica a la libertad con la justicia, pues esta no existe sino cuando "el sol alumbra a todos", o sea, cuando no constituye el privilegio de unos pocos y allí, en fin, se afirma la primacía del deber sobre los goces sensuales de la vida, como en el caso de Ricaurte, quien, al volar despedazado en San Mateo, "deber antes que vida, con llamas escribió". Esto está bastante bien, aunque les pese a los Zoilos.

No menjos bien concebida y extractada está en la composición de Núñez la epopeya de la emancipación, sintetizada bellamente en sus episodios culminantes: San mateo, el Orinoco, el Bárbula, Cartagena, Boyacá, Junín, Ayuacucho. Todo allí es patriótico y estremecedor. El Orinoco es un río de sangre y llanto; en el Bárbula, frente a la hazaña de Girardot, no se sabe si padecer espanto o sentir admiración; la abnegada y hambrienta Cartagena, prefiere todos los horrores a pérfida salud; en los campos de Boyacá, donde la única coraza de los soldados patriotas es su aliento varonil, brotan tantos héroes como espigas; Bolívar atravisa los Andes, las espadas centellean en Junín y los centauros, finalmente, descienden a Ayacucho, donde la libertad se estrena haciendo del cielo americano un amplio pabellón. El poeta se deja llevar entonces por los impulsos de wsu estro, y en un rapto de inspiración lleno de simbólicas imágenes, que yo, con perdón, encuentro hermosísimo, incluso para el gusto literario de nuestros días, exclama:

La patria así se forja,
termópilas brotando,
constelación de cíclopes
la noche iluminó.

La flor estremecida
mortal el viento hallando,
bajo de los laureles
seguridad buscó.

¿No es todo esto bello? Don Antonio Gómez Restrepo, que algo sabía de estas cosas, dice refiriéndose a una de esas imágenes utilizadas por Núñez en la letra de nuestro himno: "No hay nada más sonoro en manzo ni, ni en ninguno de los Epicos de nuestra lengua".

No me queda ya, para terminar esta serie de notas, sino el problema de dilucidad si la letra de nuestr himno tiene o no un valor literario permanente, y proponer algunas correcciones a su texto.

Creo haber puesto de presente,con citas autorizadas,que por lo menos la concepción general del poema es ambiciosa y de alto vuelo. Contrasta ello con muchos de los himnos de otras naciones hispanoamericanas en donde los puntos sobresalientes se limitan a describir la ferocidad de la lucha emancipadora, a amenazar con horrorosas venganzas al que ose atacar o traicionar a la patria y a vomitar agravios contra el pueblo español. Esto es de tal modo exacto que, en la Argentina (noticia que no he podido confirmar, pero que es muy verosímil) el propio gobierno tuvo que suprimir a fines del siglo pasado algunas estrofas para no herir los sentimientos de la confraternidad reciébn establecidos con la madre patria.

He aquí por ejemplo lo que cantan los mejicanos en su himno: "Mejicanos, al grito de guerra/el acero aprestad y el bridón/ y retiemble en sus centros la tierra/ al sonoro rugir del cañón". (¿qué tal?) (¿y si sabrán los cuates que cosa es el bridón?)

Los argentinos, por su parte, dejan oir esta cosa tremenda: "Todo el país se conturba con gritos/ de venganza, de guerra y furor;/ en los fieros tiranos la envidia/ escupió su pestífera hiel/ ¿Y cómo les parece lo del himno guatemalteco? Oído a la caja: "Guatemala feliz ya tus aras/ no ensangrienta feroz el verdugo/ ni hay cobardes que laman el yugo/ ni tiranos que escupan tu faz".

Nada de esto se encuentra en nuestro denigrado Himno Nacional, donde, como antes he dicho, y con la simple alusión de que "el rey no es soberano" (una frase que vale por todo un ensayo político) pasa el señor Núñez un manto de olvido sobre una historia pretérita odiosa, que no fue exclusiva de nosotros ni de España, sino de "la humanidad entera", que hasta entonces había gemido entre cadenas. luego se hace una narración épica, que va como de cumbre en cumbre, de nuestra guerra de emancipación, para finalmente culminar el relato con algunas conclusiones político-filosóficas.

Para mí, pues, no hay duda de que la letra de nuestro himno tiene un apreciable valor literario, e incluso la encuentro de muy buen gusto porque, desde luego, no le aplicó los cartabones de la preceptiva contemporánea, simbolos de su época. Personalmente, le haría al poema algunos cambios, comenzando por reorganizar la colocación de las estrofas para darles una mejor secuencia cronológica, poniendo en el tercer lugar la última de aquellas, que es la que alude a Nariño y a Ricaurte, y rematando el poenma con la expresión "justicia es libertad", con que termina la actual penúltim estrofa. Le haría asimismo algunos cambios en la letra. En primer lugar al coro, para que los acentos tónicos y los melódicos coincidan. Pondría, por ejemplo: "Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal/ entre surcos de sangre y dolores/ la simiente del bien germinó". De las once estrofas que componen el cuerpo del himno eliminaría la novena, que es la de la famosa virgen que se arranca los cabellos.

La gente, definitivamente, no la entiende y además, tampoco tiene importancia; en los dos últimos versos de la estrofa cuarta, que canta los horrores de Cartagena hmbrienta, cambiaría "escombros" por "en hombros" de modo que el verso quede así: "en hombros de la muerte/ desprecia su virtud", y, finalmente, en la estrofa novena, cambiaría lo de la "constelaciónd e cíclopes" por "constelación de héroes", que es una metáfora menos brillante, pero más inteligible.

Aún así, nuestro himno quedaría con algunos lunares, típicos de la dura musa muñista, de la que, sin embargo, su peor enemigo, Vargas Vila, dijo que "era como nube de tempestad que el sol no coloora, pero cuyo cielo se ve a veces indenciado por cárdenos relámpagos". Tal, por ejemplo, algunos gerundios de dudosa sintaxis ("Nariño predicando", "mortal el viento hallando", etc) y no pocas asonancias y diéresis que le restan eufonía al texto; pero nada de ellos disminuye imponencia a la obra que, en su conjunto, es grandiosa y admirable.

Al hacer las anteriores reflexiones y sugerencia, no me anima obviamente la menor esperanza de que el gobierno nacional las acoja y prohije; pues si el propio centenario del himno se le pasó en blanco al Presidente Barco, y no tuvo ni un consejero que se lo recordara, mucho menos creo yo que haya quien se tome el trabajo de pensar en estas cosas de la patria grande que a muy pocos interesan. pero, de pronto, a un congresista se le ocurre convertirlas en ley. He dicho."